Empecemos por el nombre. La historia de que los soldados estadounidenses de la Primera Guerra Mundial las bautizaron como French fries porque los belgas que se las servían hablaban francés es una leyenda: “French fried potatoes” ya aparecía en un libro de cocina inglés en 1856. El mito de origen de la propia Bélgica, el de los aldeanos del valle del Mosa que freían patatas cuando el río se helaba, antes de 1680, se apoya en un manuscrito que nadie ha presentado nunca. Hasta el historiador belga de la gastronomía Pierre Leclercq concluye que las primeras se frieron en París.
Hasta aquí, quién frió primero. Lo que hizo Bélgica fue convertirlas en una cultura: miles de fritkots — frituur en flamenco, friterie en francés — que sirven patatas fritas dos veces, a menudo en grasa de vacuno, en un cucurucho de papel con la salsa por encima. La mayonesa es lo de serie; samurai y andalouse, para pedir como un local. Flandes declaró patrimonio la cultura del fritkot en 2014 y la comunidad francófona hizo lo mismo en 2016. Hasta las primeras patatas fritas de Escocia las vendió, en la década de 1870, un belga.
Cómo comerlas: en un fritkot, no en un restaurante, y de pie. Añade stoofvlees, el estofado flamenco de ternera con cerveza, si tienes hambre de verdad. Bélgica consiguió meter su cultura cervecera en la lista de la UNESCO en 2016; el fritkot, de momento, solo ha llegado a las listas del propio país. Un país que una vez tardó 541 días en formar gobierno no tiene prisa, y la cola del mostrador tampoco.